Wednesday, May 11, 2005

Con alguien mayor


Tenía bastantes ganas de estar con ella.

Me estuvo dejando mensajes cachondos toda la semana en el teléfono, sabía cómo hacerlo, cómo excitarme, sugería -no decía- lo que sería y cómo sería, supongo que era fácil para ella. Me hacía sentir como un niño en las puertas de una dulcería, con carta abierta. No hubo seducción ni mentiras, no hubo que aparentar ni competir. La conocí en las circunstancias más ordinarias, una cosa llevó a la otra y en medio de una conversación abierta, sin pretensiones (puesto que era mucho mi miedo todavía), le confesé que sería muy afortunado si alguien con experiencia me enseñara cómo hacerlo. Y ella, para mi sorpresa, se apuntó.

Daba clases en una escuela primaria, tenía una hija de mi edad y con su esposo compartía solo las cuentas de la casa, la educación de su hija y la cama, ésta última solo para dormir. Yo como estudiante a mis 18 no había tenído más experiencias que los fajes propios de las parejas de adolescentes, y adolescía de mucho miedo a las relaciones sexuales.

Cuando se acercaba el día le escribí una pequeña carta hablándole con miedo de mis miedos, pero también de mis deseos de estar con ella. Le decía que a pesar de ser hombre no había podido estar con una mujer antes, que lo había intentado pero en el momento crucial no había podido mantener una erección, que era una pena horrible que con mi propia novia, a la hora de la hora, me ganara el temor y la sangre se me bajara literalmente a los talones, dejando, lo necesario en esos momentos, sin sangre. Principalmente porque se me había educado en el marco de las creencias religiosas donde se condena tener sexo sin antes casarse, donde están "mal" las relaciones prematrimoniales, etc. pero también le dije que quería vencer esos miedos y que esperaba no defraudarla. Esa era mi mayor preocupación.

Con mucha ternura me decía que no me preocupara, que lo íbamos a pasar muy bien; luego me llamó y me confesó que era la primera vez que hacía algo así, que ella también se debatía entre sus miedos sobre lo que estaba "bien" o "mal", de su imagen ante sí misma como mujer casada y madre de una chica de mi edad, de cosas que también pesaban para ella como obstáculos en ese momento. Ahora pienso que fue un escape para los dos y que nos ayudamos de alguna manera: Ella para escapar de la rutina y yo de mis miedos. La experiencia como posible y latente nos hacía vibrar, sentirnos vivos.

El día llegó. Un hotel de paso a orillas de la ciudad nos recibió como a eso de las 3 de la tarde en pleno calor de verano. Me tranquilizaba que me hablara con la voz serena, fue la dueña de la situación en todo momento, mientras me acariciaba por debajo de la camisa y me decía cosas al oído. No he vuelto a sentir la suavidad de unas manos como las sentí con ella, supongo que era la situación, el cómo, el porqué.

En la habitación se desnudó para mí, lentamente, sin timidez, con la seguridad de lo que hacía, eso me excitaba y me libraba de pensar; el cuerpo, el mío, actuaba de manera natural, sintiendo su sensualidad. Creo que desde entonces he sido aficionadao del encaje y los ligueros. Recuerdo detalles que no vienen al caso, pero más recuerdo la atmósfera que se había creado en la habitación. Me desnudó con calma, me besó, me dijo dónde la besara y cómo hacerlo. Si me veía titubear me decía "no tengas miedo, haz lo que tú sientas". Cuando me di cuenta y para mi sorpresa, ella me montaba encajándose en mí, desencajándose de mí. "¿Ya ves que no pasa nada?". Mi excitación no era como la de ahora: No había morbo ni deseo de poseer, no pensaba en no venirme demasiado pronto. Era simplemente algo que fluía y ambos lo disfrutábamos. Me enseñó cómo estimularla oralmente, me tocaba y excitada me decía cómo lamer, cómo chupar y no morder demasiado fuerte (si lo hacía), cómo ir lentamente y acelerar al final. Me enseñó cómo sodomizarla, insistiendo en que cada vez que lo hiciera pusiera mucha delicadeza. Me decía qué palabras le gustaba escuchar y cómo, me decía qué detalles debía cuidar; me enseñó algo que después descubrí como el "punto G". Me pedía que la nalgueara mientras me hundía en sus caderas acelerando el vaivén; me dijo que era linda la ternura pero que también la violencia era necesaria, claro, sin exagerar, que todo tenía su momento. En un par de horas sentí cosas que no había sentido en años.

Cambió su lugar de residencia a otro estado y perdimos poco a poco la comunicación. Sigo recordándola como la experiencia más bella que he tenido con una mujer en la cama. Me dio seguridad, me abrió las puertas a una nueva vida sexual, un poco más alejada de los condicionamientos implantados por la educación. Me dijo que para ella había sido una experiencia muy tierna y que lo había pasado muy bien. Entiendo que para ella no fue una experiencia multiorgásmica, pero sé que comparte la misma sensación que yo y que con eso logramos que la experiencia brincara de la piel a la emoción, y aclaro, sin hablar de amor.

A ella le gustaría leer este relato en memoria de aquella experiencia, tanto como yo disfruto recordarlo ahora mismo. De eso estoy seguro.

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